TERCERA REFLEXIÓN CUARESMAL

EL CIERVO 

La Biblia y la Tradición se complacen, con frecuencia, en hablarnos de la realidades divinas y, en concreto de Jesús como Hijo de Dios, por antinomias, es decir, por opuestos, a veces contrarios. Así, a Jesús le designan como León (de Judá) / Cordero (de Dios), ciervo / pelícano, etc. por alguna cualidad en ellos.

Nosotros HOY, en nuestra tercera reflexión cuaresmal, vamos a poner los ojos en el "Ciervo", mamífero rumiante, cérvido, casi del tamaño del asno, pero más esbelto y ligero, de color pardo y rojizo en verano y gris en invierno, asustadizo y casi siempre sediento.

En los textos bíblicos es símbolo de ideas morales y, para los primeros cristianos, es emblema de Jesús, encontrado en múltiples monumentos arqueológicos, documentos literarios y libros litúrgicos.

Nosotros vamos a ver en él a Cristo, herido por nuestros pecados, cruzando la calle de la amargura, marchando moribundo de sed por la sangría nocturna, con la cruz a cuestas, hacia la cima del Gólgota, abrevadero celeste, como ciervo que va a morir al matorral nativo, protagonista del drama del calvario.

Vamos a oír su grito en la cruz: "Tengo sed" (Jn 19, 28), sigamos -él a la cabeza y muerto de sed- por las huellas de sangre en busca de la fuente de vino que no se agota, hasta beber de la blancura de ese corazón -abrevadero de agua de vida eterna- , y confesar con tofos los hombres que Jesús cambia en vino de Caná el agua viva de Sicar, que apaga para siempre la sed.

Este trueque místico aplaca y deja atrás la sed de nuestras almas "samaritanas de seis maridos", locas concubinas de inteligencia artificial, que nos hincha y no conforta.
                                                                            P. Félix Ramos, C.P.