Segunda reflexión Pascual

AL ALBA

Al alba es la primera luz del sol. Contemplamos la imagen de Jesús Resucitado -todo luz- saliendo de la tumba en el icono de la resurrección, prodigio del pincel, e impactados por la blancura del cuerpo, detenemos la vista con gusto en él y le contemplamos con los ojos de la fe:

* Cuerpo blanco, como blanco está el cielo "al alba" antes de que el sol apunte con su nimbo luminoso. 


* Cuerpo blanco, como "albor de aurora" dado a nuestra vista, hecha alborada de la muerte, porche del día eterno. 


* Cuerpo blanco, como "la nube" que en columna guiaba al pueblo judío a través del desierto, mientras el día duraba. 


* Cuerpo blanco, como "la nieve" de las cumbres, ceñidas por el cielo, donde el sol reverbera sin estorbo. 


* Cuerpo blanco, que es "cumbre de la vida", donde resbalan aguas cristalinas, espejo claro de la luz celeste. 


* Cuerpo blanco, como "cima altísima" que cual luna anuncia el alba a los que andan perdidos.

Concluimos nuestra breve reflexión pascual con tres versos que, en doble forma estilística de dicción -paralelismo y quiasmo- , decantan una epifonema teologal, corolario de lo contemplado, que nos sirve de jaculatoria durante el día:

"¡Así tu cuerpo níveo, que es cima de humanidad 

y manantial de ríos,
en nuestra noche anuncia eterno albor!"


                                                                       P. Félix Ramos, C.P.

Reflexión Pascual


DEL SINAÍ AL CALVARIO

¡Aleluya!

El Sinaí y el Calvario son dos montes "teológicos". La geografía teológica ha recibido carta de ciudadanía en la espiritualidad cristiana desde hace muchos años. Se la han dado los expertos en Biblia, los teólogos y los místicos.

Nosotros, en nuestra reflexión pascual, nos entretenemos con gusto en explicitar el contenido de la experiencia de Dios que tiene el pueblo en el Sinaí y la comparamos, la asimilamos y la contrastamos con la que tiene Cristo en el Calvario. La escenificamos, en las procesiones, tras los Cristos sangrantes y doloridos que los cofrades pasean por nuestras calles para nuestra devoción. Lo importante es el trueque del temor por el amor.

Ecce homo

ECCE HOMO

"Eccehomo", palabra compuesta de dos términos latinos yuxtapuestos: ecce (=he aquí) y homo (=hombre). Es la imagen de Jesús de Nazaret que presentó Pilato a los judíos, malherido por los azotes y las espinas. En el imaginario mundial, se dice de toda persona maltrecha, de lastimoso aspecto.

Nosotros presentamos a Jesús como cuerpo de hombre con blancura de hostia y le mostramos en la Iglesia como evangelio, Buena Noticia, para los hombres. Si los ídolos helenos presentaban sus cuerpos "de rosado esplendor y luz del Olimpo" en pasto de hermosura para la vista, regocijo de vida que se escurre, según la literatura de la época, Cristo, en contraste, ofrece su carne que padece, carne de dolor que se desangra, en pábulo a las personas, pan de inmortalidad a los mortales.

Abriendo la puerta de la Semana Santa 2017


Abrimos la Semana Santa con la meditación de un amigo de Santa María Goretti, el P. Luis A. Marco Sus, C.P. ahora Párroco de Santa Gema y Consiliario de la Cofradía de la Exaltación de la Santa Cruz en su parroquia.
“Me amó y dio su vida por mí” 
(Ga 2,20)

PREGÓN PASCUAL 2017

Aquí, bajo la mirada maternal de la Virgen del Pilar, Zaragoza abre su corazón a la SEMANA SANTA.

O como decía hace veinte años en su pregón, Paloma Gómez Borrero, “donde las torres de la Basílica del Pilar se asoman al cielo”... Aquí comienza la Semana Santa.

Es, sin duda, una “semana especial”, en todos los sentidos.

Semana Santa de Zaragoza que, por su historia y tradición, y por el buen hacer del mundo cofrade, está reconocida como de interés turístico internacional. Honor que fue concedido a Zaragoza, siendo presidente de la Junta Coordinadora de Cofradías, D. Juan Murillo, fallecido de forma inesperada y a quien hoy también recordamos con cariño.


Segunda reflexión cuaresmal

DESNUDEZ

Con la mirada puesta en Jesús Crucificado, contemplamos, en silencio, su triple desnudez: la de su nacimiento en Belén (Lc 1, 36), la de su cruz con sangre y la de su vuelta al Padre con luz.

En la primera Jesús se muestra a los pastores con velo de mantillas sobre el tronco del pesebre, mientras que los ángeles cantaban ¡Gloria y Paz!.
 
En la segunda, desnudo sobre el tronco de la cuz, deslumbra al Sol (su Padre) que apaga su fulgor ante la Luna de Dios (el Hijo) ensangrentada. Le recordamos a Cristo que él era la luz de los hombres, y que, al morir, se quedan a oscuras, y que su muerte es oscuridad de incendio, o sea, tiniebla abrasadora de amor, en la que late la luz de la resurrección; más aún, es corona de desencarnación y cumplimiento de obediencia que le hace encarnarse de nuevo.

Seguimos historiando, con más silencio si cabe, la segunda desnudez de Cristo, desde el Sí de la Esclava del Señor -Madre sumisa- , y la Palabra que es la Vida se hace alumbrar en cuerpo en los vivientes -crucificados de hoy- y se envuelve en pañales. Y esa Palabra, al ir a la muerte, dice: "Hágase tu voluntad", y, al desnudarse la Luna del Espíritu, queda en cueros la eterna oscuridad de Dios -cuerpo desnudo y sin engaño- ¡el Crucificado!

En la tercera desnudez, retrotraemos nuestro pensamiento al susto de Adán al verse desnudo que le obliga a hacerse delantales con hojas de higuera y muestra la desnudez inocente de Cristo, cuyo resplandor limpia la mancha "vieja" que se borra a su blancor, cuando -desnudo- vuelve al Padre, como salió de él, radiante de luz. En contraste, contemplamos cómo -abajo- se reparten sus vestidos, no su desnudez, que es la que salva, y ensalzamos la cabellera del Nazareno que corona su cabeza, sobrevestido de nuestra muerte, para clausurar nuestra meditación con la siguiente epifonema oracional: ¡Que la Vida lleve lo que en nosotros es aun mortal! 
P. Félix Ramos, C.P.